En esta pieza de gran formato (170×100 cm), el artista nos invita a sumergirnos en un universo de contrastes y resonancias. La superficie, trabajada íntegramente a mano, despliega una paleta de tonos suaves —grises perlados, blancos vaporosos y beiges delicados— que evocan la calma de lo intangible.
La irrupción de la hoja de oro y los pigmentos puros en dorado introduce una dimensión luminosa, casi sagrada, que dialoga con la serenidad del fondo. Estos destellos no son meros adornos: funcionan como símbolos de lo sublime, recordándonos que incluso en la quietud existe un pulso vital, un resplandor que trasciende lo cotidiano.
La composición fluida, cercana a las formas de la naturaleza —nubes, mármol, agua en movimiento—, sugiere transformación y perpetua metamorfosis. La obra se convierte así en un espacio de contemplación, donde lo material y lo espiritual se entrelazan, invitando al espectador a perderse en sus pliegues y reflejos.
Más que un cuadro, esta pieza es un paisaje interior: un espejo de la dualidad humana entre calma y intensidad, entre lo efímero y lo eterno.











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